El sueño de Alejandro.

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Al cumplirse los 47 años de la primera llegada humana a la Luna, creo oportuno copiar lo que escribiera en ese momento la que siendo una niña de once años le puso el nombre a Plutón. Es un delicioso relato, a mi modo de entender.

EL SUEÑO DE ALEJANDRO
Planetario de Pamplona – (2001)

HISTORIAS, MITOS Y LEYENDAS QUE GUIARON A LOS PADRES DE NUESTRA CIVILIZACIÓN

"Hoy es un día histórico. Hoy se ha cumplido uno de los sueños de las cuarenta mil generaciones de hombres y mujeres que nos han precedido. Hoy, 20 de julio de 1969, el Eagle se ha posado suavemente sobre la superficie iluminada del Mar de la Tranquilidad. Hoy, por fin, el hombre ha pisado otro mundo". Quien así habla no es sino Venetia Burney, la niña que en 1930 dio nombre al nuevo planeta del sistema solar descubierto por el astrónomo Clyde Tombaugh: Plutón. Ahora, a sus cincuenta años, es testigo de la llegada a la Luna del Apolo XI. Y recuerda el viaje en barco que con 11 años le llevó por las costas del Mediterráneo. En ese viaje, leyendo una biografía de Alejandro de Macedonia, contemplando los cielos que miraron los helenos, reconstruye una odisea de conquista y conocimiento.

En "El Sueño de Alejandro" nos acercamos al mundo de aquel visionario que quiso dominar el mundo conocido para crear uno nuevo. Su última mirada reflejaba las estrellas, un cielo poblado de seres mitológicos e historias dibujadas entre las constelaciones. Un viaje que hoy ciframos en coordenadas de latitud y longitud, midiendo el tiempo con la precisión de los cronómetros, y que antaño se reflejaba en un cielo marcado por los movimientos del Sol, de la Luna y los planetas que, hoy, no es tan diferente del que vieron las tropas del héroe macedonio. Venetia, la narradora, sabe que todos somos hijos de Alejandro, del espíritu que lo guió para conquistar y conocer el mundo. Su sueño es nuestro sueño.

Hoy es un día histórico. Hoy se ha cumplido uno de los sueños de las cuarenta mil generaciones de hombres y mujeres que nos han precedido. Hoy, 20 de julio de 1969, el Eagle se ha posado suavemente sobre la superficie iluminada del Mar de la Tranquilidad.
Hoy, por fin, el Hombre ha pisado otro mundo.
Perdón, aún no me he presentado. Mi nombre es Venetia, Venetia Burney. Tengo 50 años y quizá no hayáis oído hablar de mí, pero yo nombré al último mundo, el noveno planeta de nuestro Sistema Solar. Yo, di nombre a Plutón. Tenía entonces sólo 11 años, pero recuerdo muy bien cuando se lo comenté a mi abuelo mientras desayunaba. Los días anteriores había oído, en las tertulias que solían entablarse tras las comidas, las discusiones sobre el tema que avivaban los periódicos. Que si el nuevo planeta descubierto por Tombaugh el 13 de marzo debía llamarse Zeus, o Lowell, o Constance. ¡Qué horror! ¡Constance! Era horrible y tan ridículo… así que, ¿por qué no dar mi opinión?
"Abuelo, ese mundo nuevo que está tan lejos debe ser muy frío y oscuro, ¿no?.Pues… creo yo que deberían llamarlo Plutón, como el Dios romano de las profundidades de la Tierra, el Hades de los griegos, el dios de los infiernos fríos y oscuros. Además, su nombre Griego significa "el invisible", y el otro día os oí decir que se había hecho mucho de rogar hasta que ese americano lo encontró, que incluso se había llevado por delante a Percival Lowell, el "Alma Mater" de su búsqueda."

Luego olvidé mis comentarios y seguí, en mi colegio de Oxford, jugando con mis amigas y leyendo mitología y a los autores clásicos. Mientras mi cuerpo crecía poco a poco, mi mente volaba con las historias de nuestros antepasados, porque yo también, como Shelley, el marido de la creadora de Frankenstein, creo que todos somos griegos, y que como decía Esquilo: "todos estamos comiendo de los mendrugos de la gran mesa de Homero" Y esa gran mesa, todos los días, y sobre todo, todas las noches, se abría para los mortales.

Su descubrimiento fue un premio de mi abuelo. El nombre que yo había propuesto, el del otro hermano varón de Júpiter y Neptuno, había sido aceptado. No solo respetaba la tradición sino que además las dos primeras letras del nombre rendían un homenaje eterno al hombre que con tanto ahínco había buscado al planeta: Percival Lowell, quien también daba nombre al observatorio desde el que se había descubierto. La noticia la dio el TIMES y mi abuelo me dijo que le pidiera lo que quisiera. Yo era muy ingenua y la Luna siempre me había fascinado. Hacía no mucho que los hermanos Wright habían hecho realidad el sueño de Ícaro.

Pero no, no le pedí la Luna, aunque algo me decía que no estaba tan lejos, lo que yo le pedí fue… un libro sobre la historia de Alejandro de Macedonia. Y mi abuelo me lo compró con la condición de que lo leyera durante el viaje. El viaje era su premio. Nunca lo olvidaré. Fue un viaje iniciático. Mi abuelo, la lectura… el cielo, lo hicieron mágico.

Nuestro punto de partida fue Greenwich, desde allí decía mi abuelo que se contaban los kilómetros, que allí comenzaba el Mundo, que desde allí se contaba el tiempo. Además, debía ser verdad, porque en la escuela, ya había visto cómo la red de paralelos y meridianos, la líneas del Mapamundi, tenían sus ceros en el Ecuador y en el meridiano que pasaba por Greenwich respectivamente. Así se puede encontrar cualquier punto de la tierra simplemente sabiendo su latitud y longitud.

La latitud que, puede ser Norte o Sur, se cuenta en grados a partir del cero en el ecuador y hasta el 90 en los polos. La longitud en cambio, puede ser Este u Oeste, ya nos encontremos a un lado o a otro del meridiano que pasa por este observatorio. Allí nos contaron que la determinación de la latitud de cualquier punto de la Tierra es relativamente sencillo, ya que se puede obtener directamente de la observación de la altura de la Polar sobre el horizonte. Por ejemplo, si esta estrella se encuentra a 42 grados de altura sobre la horizontal, entonces estamos situados en un lugar a 42 grados de latitud Norte. Si nos desplazamos en dirección al polo Norte, veremos cómo la Polar va ganando altura progresivamente En este punto, en el Polo Norte de la Tierra, la estrella Polar se sitúa sobre nuestras cabezas, a 90 grados del horizonte.

Estamos a 90 grados de latitud Norte. En este lugar la rotación terrestre hace que las estrellas describan circunferencias paralelas al horizonte y los Puntos Cardinales pierden su definición. Aquí, todos los puntos del horizonte se encuentran en dirección Sur. Si nos movemos hacia el Sur, aparecen de nuevo los cuatro puntos cardinales y la estrella Polar va perdiendo altura en la misma medida en que nosotros nos acercamos al Ecuador. Cuando lo alcancemos la latitud será cero y la estrella polar se encontrará justo en el horizonte. Desde aquí, podrían observarse tanto las estrellas del hemisferio Norte Celeste, como las del Sur. Más al Sur la determinación de la latitud se complica un poco.

En esta parte de la bóveda celeste no existe ninguna estrella que se sitúe cerca del punto fijo. Los exploradores que visitaban estas latitudes usaban las estrellas de la Cruz del Sur para encontrarlo, esas estrellas que aparecen en las banderas de nuestras colonias australes: Nueva Zelanda y Australia. Esta constelación es fácil de identificar. Está formada por estas cuatro estrellas que dibujan una cruz. Prolongando unas cuatro veces y media la distancia que separa estas dos… en esta dirección… encontramos el Polo Sur Celeste, el otro punto fijo del cielo. De nuevo, la altura de este punto sobre el horizonte nos marcaría la latitud del lugar en el que nos encontremos.

Estas consideraciones ya se conocían desde antiguo. La determinación de la latitud de un lugar se ha resuelto con relativa facilidad. Pero, como ya hemos dicho antes, para fijar la posición concreta de un punto en la superficie terrestre hace falta conocer otro dato adicional. Tenemos que saber cuánto nos hemos desplazado al Este o al Oeste de un punto dado, es decir, la longitud. La determinación de la Longitud fue un problema de difícil solución y se convirtió en cuestión de estado cuando las potencias occidentales del siglo XVII se echaron definitivamente a la mar.

Durante mucho tiempo se pensó que la solución al problema de la Longitud se encontraba en las estrellas. El Real Observatorio de Greenwich se construyó en 1676 bajo el mandato del rey Carlos de Inglaterra quien "no quería que los armadores y marinos de su reino se vieran privados de la ayuda que pudieran proporcionarles los cielos, con la cual sería más segura la navegación" Paradójicamente, la solución definitiva al problema de la Longitud no se halló en los cielos sino en el desarrollo de nuevos relojes mecánicos. Con ellos se pudo controlar el tiempo mejor que con los antiguos de péndulo o de arena.

Esto era, en definitiva era lo que se necesitaba para dominar este segundo parámetro. Los primeros relojes construidos a tal fin por John Harrison se encuentran expuestos en este observatorio, que, desde entonces se considera la referencia mundial del tiempo… y al meridiano que pasa por él, el punto cero de longitudes.

Sin embargo, para mí, una niña de 11 años de mente inquieta, la visita al observatorio de Greenwich fue un aburrimiento, a pesar de los esfuerzos de mi abuelo, de los relojes de Harrison, de Flamsteed, de Halley y del mismísimo Newton. Yo ya estaba pensando en mi viaje y en … ROXANA.

Y por fin, el viaje comenzó.
El tren nos llevó a través de la campiña inglesa, junto a piedras milenarias, en dirección a Bath. Era nuestro punto de partida, una antigua ciudad termal romana, situada a orillas del Avon, al oeste de Londres. Decía mi abuelo que era un pequeño homenaje, ya que desde allí William Herschell, en 1781, había descubierto el primer gran mundo que no se podía ver a simple vista, Urano. Zarpamos exactamente a mediodía, cuando el Sol estaba en lo más alto del cielo, justo encima del Sur.

Y yo aproveché para contarle a mi abuelo porqué llamamos a las horas de la mañana A.M. y P.M. a las de la tarde. Sencillamente porque las de la mañana transcurren antes de llegar el Sol a mediodía, ANTE MERIDIEM en latín; y las de la tarde lo hacen después o POST MERIDIEM. La travesía fue muy tranquila. Sólo el ruido del mar o el rutinario horario que marcaban las comidas de a bordo, me sacaban de la lectura. Los días no se diferenciaban mucho unos de otros, todos los días el Sol, bueno el Helio de los helenos era despertado por su hermana Eos, la aurora de azafranado velo.

Ella abría el horizonte para que saliera su hermano, quien recorría el cielo en un carro tirado por caballos. Se alzaba desde el país de los indios, donde empezaba el Mundo para los Helenos, dándonos luz y calor con los rayos que irradiaba su cabello. A lo largo de la tarde caía hacia las columnas de Hércules, donde se acababa el mundo. Allí abrevaba a sus caballos y comenzaba su viaje por entre las tinieblas. Era entonces cuando avisaba a su otra hermana, Selene, para que nos acompañara durante la noche y era entonces, cuando las últimas luces del crepúsculo desaparecían junto al horizonte, cuando comenzaba el espectáculo. Los dioses y diosas del Olimpo se hacían visibles y comenzaban su danza entre las estrellas.

Eran los planetas que veían los antiguos. Las estrellas errantes que cada día cambian de posición moviéndose entre las constelaciones del Zodíaco. Ese círculo de animales, ZOO en griego quiere decir animal, por entre cuyas estrellas se mueven tanto el Sol y la Luna, como los planetas. Aquellas primeras noches de Julio fueron excepcionales. El horizonte, sin ningún obstáculo, hacía que nuestra vista se perdiera en el infinito; pero allí justo por donde Helio se había puesto, por el Occidente, por donde mueren los astros, OCCEDERE en latín significa morir, un pequeño punto de luz, Mercurio, daba la bienvenida a la noche. Dada su cercanía al Sol, siempre está muy próximo al horizonte pero también por ello, es el que más rápido se mueve a su alrededor como ya lo formuló Kepler. Por su velocidad fue nombrado como el rápido mensajero de los dioses, el dios alado en el casco y las sandalias.

Rápido en su traslación pero lento en su rotación, por eso seguramente, muy caliente durante el día y muy frío durante la noche. Nuestro rumbo era directo al Sur, para enfilar a través del Estrecho de Gibraltar hacia el Mediterráneo. No es que no me fiara del Capitán, pero todas las noches corroboraba nuestro caminar con la dirección que nos indicaban las estrellas. Iba a la popa del buque y buscaba la estrella del Polo, la del extremo del eje que decía Tales de Mileto. La verdad es que no hacía falta ser un gran observador para darse cuenta que las estrellas fijas, lo mismo que hacía el Sol, salían por el Este, por el Oriente, ORIRE en latín es nacer, y tras recorrer el cielo morían, se ponían por el poniente.

Todas excepto una, que parece sujeta al cielo con un clavo y en torno a la cual parece que todas dan vueltas. Esa estrella es Polaris y yo la buscaba ayudándome con las estrellas del Carro. Había aprendido el truco en el colegio, el mismo que había ayudado a Ulises en su vuelta a Ítaca, el que había guiado a Alejandro en su camino a la Eternidad. Lo primero era identificar la figura del Carro de la Osa Mayor formado por estas siete estrellas… y fijándose en Merak y Dubhe, que forman la parte de atrás del carro, seguir la línea en esta dirección… y a unas cinco veces la distancia que las separa… detenernos en este astro… no demasiado brillante, pero fácilmente reconocible a simple vista. Los nombres de las estrellas provienen casi en su totalidad de los antiguos árabes.

Por ejemplo, Dubhe significa Osa, un nombre muy apropiado dado la constelación a la que pertenece. Los griegos veían una Osa de esta forma. Estas tres estrellas formaban la cola, el cuerpo largo y estrecho iba desde estas dos hasta estas otras que conforman el cuello; del cuello sale una cabeza triangular hasta el morro. Solo nos faltan las dos patas delanteras con sus dos pies, y las dos traseras tambien con sus dos pies aquí. De todas formas, para los árabes estas cuatro estrellas del Carro formaban un féretro, que era seguido por un séquito de tres plañideras en su recorrido diario alrededor del polo.

Precisamente, otro nombre para Alkaid, la última de las tres, es Benetsnath que significa "la que va llorando". La estrella Polar no cambia de posición por la rotación terrestre ya que se encuentra muy cerca de la dirección del eje de la Tierra. Por eso es una buena referencia para encontrar el Norte… y para conocer la latitud. Además, el movimiento de traslación de nuestro planeta alrededor del Sol se realiza manteniendo casi inalterable la dirección del eje de rotación. Gracias a esto, la estrella Polar permanece en la misma posición a lo largo de todo el año. Pero ocurre, que la Tierra presenta otro movimiento distinto de los ya mencionados, de una magnitud mucho menor y cuyos efectos sólo se dejan sentir con el paso de varios siglos. Se le conoce como movimiento de precesión y, en este caso, sí afecta a la posición que ocupa la Polar respecto del Polo Norte Celeste.

Este movimiento de Precesión consiste en un cabeceo del eje de rotación de la Tierra, similar al que realiza el eje de una peonza, pero tan lento, que necesita casi 26000 años para dar una vuelta completa. En los tiempos de Alejandro Magno, hace más de 2000 años, el eje de la Tierra apuntaba a un lugar de la esfera celeste situado más cerca de Kochab, una de las dos guardas de la Polar. En aquella época, esta estrella era la mejor guía para orientarse. Incluso se han encontrado registros de los antiguos egipcios, hace casi cuatro mil años, que cuentan cómo la estrella del polo era esta otra de la constelación del dragón Thuban todavía más lejos de la actual Polaris. Actualmente, debajo de Polaris, en el Horizonte, ubicamos el punto Cardinal Norte, y con él todos los demás. Parecía que nuestro rumbo era el correcto, así que volví a contemplar un cielo que era mucho más negro y brillante que, el que de vez en cuando, podía observar desde Oxford. Las estrellas que forman el Triángulo de Verano destacaban en lo alto del cielo. Vega, Deneb y Altair con sus sonoros nombres árabes, brillaban como lo habían hecho 2000 años atrás cuando Olimpia paría en Pela, capital de las escarpadas extensiones Septentrionales del mundo de habla griega, al príncipe Alexandros.

El Septentrión, ¡qué nombre tan bonito para el Norte! Los siete bueyes que veían los romanos en las estrellas del carro de la gran osa, pues siete bueyes en latín se dice SEPTEM TRIONES. Y ahí están, como uncidos al Norte, dando vueltas a su alrededor. Mi libro iba ya muy avanzado. El príncipe Alejandro había crecido en cuerpo y mente. Aristóteles, que había pasado 20 años en la academia con Platón, le procuró una educación en todos los órdenes del saber: la Retórica, la Matemática, la Física, el Arte, la Literatura, la Cosmogonía forjaron el alma de un joven que seguramente no pasaba del metro y medio de estatura, pero que iba a conquistar el mundo conocido y alteraría el curso de la Historia.

Este joven, que con dieciocho años iba al mando de la caballería de élite de Macedonia en la batalla de Queronea contra la otras polis griegas, iba a ser conocido como MEGALEXANDROS, Alejandro Magno. Los Helenos habrían dicho que estaba destinado por los dioses. Su madre le había contado que por parte de ella descendía de Aquiles, biznieto de Zeus, y por parte de su padre de Heracles, hijo del propio Zeus. Heracles, llamado por los romanos Hércules, el héroe clásico por excelencia.

Volví otra vez la mirada al cielo y… allí estaba, en lo más alto, la figura del arrodillado, la constelación de Hércules. No es difícil de encontrar si buscamos estas cuatro estrellas en forma de trapecio al Oeste de la Corona Boreal, así llamada para diferenciarla de otra que me dijo el capitán, se ve muy bien desde el Hemisferio Sur, la Corona Austral. En esta corona del Norte destaca como estrella más brillante Gemma, la piedra preciosa. Esos nombres que nos resultan tan familiares, boreal, austral, son las zonas desde donde respectivamente soplan los dioses de los vientos Norte y Sur, el Bóreas y el Austro. ¡Cuántas historias! ¡Cuántas constelaciones relacionadas con Hércules o Zeus!

¡Cuántas veces las habría mirado Alejandro! Y ¡cuántas veces fueron mudos testigos de su existencia! La existencia de un hombre que buscaba la eternidad, a través de los vientos, las guerras y…. las estrellas A los veinte años sucedió a su padre en el trono de Macedonia y dos años después, el 334 antes de Cristo cruzó el Helesponto, en el actual estrecho de los Dardanelos, para vengar al mundo griego de una afrenta histórica. Se dirigía a luchar contra Persia, iba a conquistar el Mundo. Con él iban seis mil soldados de caballería y treinta mil de infantería. Lo primero que hizo fue dirigirse a Troya para ver el lugar donde había muerto Aquiles, el ancestro de su madre. Allí releyó bajo un cielo como este, la Ilíada que le había dado Aristóteles. No había más luces que las estrellas y una Luna, que como un tetradracma de plata, se había levantado sobre las montañas. Allí las estrellas centelleaban como enormes luciérnagas. La Galaxia, la leche derramada de los pechos de Hera mientras amamantaba al pequeño Hércules para que adquiriera la inmortalidad, marcaba su camino y en lo alto, Zeus brillaba más que Arturo y la Lyra juntos. Los astros parecían fijar su destino.

Cuando la aurora de rosáceos dedos hizo su aparición por el Oriente, ya sabía que nadie le podría detener. Fue un camino de sangre, sudor, fuego y desolación, pero también de gloria. Las tropas atravesaron olivares y viñedos, los pueblos y ciudades fueron cayendo ante las sarisas, las flechas y las espadas de la Hélade. La Estrella Macedónica de dieciséis puntas sustituyó a las enseñas persas en las acrópolis de los lugares rendidos. Alejandro, montado sobre su caballo Bucéfalo, avanzaba y vencía, con las armas y con la mente. Las batallas del río Gránico, Issos, la llegada a Egipto y la fundación de Alejandría, el episodio del Nudo Gordiano… nada podía pararle.

Los persas fueron totalmente derrotados en Gaugamela, y en Enero del 330 antes de nuestra era, destruye y quema Persépolis. Por fin la Hélade ha sido vengada. Esa noche, cuando las llamas dejan la capital de un imperio reducida a cenizas, Alejandro, ebrio de cerveza, mira al cielo y ve sonreir a los gemelos hijos de Zeus, Cástor y Póllux. Los encuentra fácilmente por entre las columnas de humo que parecen honrar al dios. Las dos estrellas más brillantes de esta constelación representan las cabezas de los gemelos. Ésta es Cástor, más próxima a Capella… y esta otra Pollux, en dirección a Proción. Los cuerpos de las figuras se sitúan en dirección a la Vía Láctea, sobre la que parecen caminar. Son fáciles de encontrar si unimos estas dos estrellas, una azul y otra roja de la constelación de Orión, y continuamos por esta dirección, hasta encontrar estas dos que parecen gemelas.

Y es que, en invierno, Orión es su guía en el firmamento… Orión, esta gran constelación del cielo, donde destacan dos estrellas de primera magnitud, la roja es Betelgeuse, que conformaría uno de los hombros y la azul, Rigel, que sería uno de los pies. Junto a ellas encontramos al otro hombro, Bellatrix, la guerrera, y el otro pie Saiph. En medio, las Tres Marias, Mintaka, Alnilam y Alnitak, serían las tres perlas del cinturon del Cazador. Con la linea que marcan estas tres estrellas podemos encontrar otras constelaciones como el Can Mayor, si vamos en esta dirección. En ella resplandece la estrella mas brillante del cielo despues del Sol, Sirio.

Y si fuéramos en la otra dirección, lo que encontraríamos sería la Constelación Zodiacal de Tauro, reconocible por esta gran V, en la que los antiguos veian la cabeza del animal, con su gran ojo enrojecido, y de donde salen estos dos largos cuernos. En su lomo, las siete palomas en que Zeus convirtió a las hijas de Atlas, para que no fueran atrapadas por Orión, las Pléyades. Orión, seductor de virgenes y casadas, es junto con Hércules y sus hazañas, con Zeus y sus amores, uno de los protagonistas de muchas de las 88 constelaciones del cielo y que la imaginación de los padres de los padres de nuestros padres nos dibujó en el firmamento.

En la actualidad seguimos encontrando entre sus estrellas motivos para dejar volar también nuestra imaginación. En la nebulosa que forma parte de la daga que cuelga del cinturón, hemos podido ver cómo nacen las estrellas de la noche… Las estrellas en formación y las que ya se han formado, iluminan el gas de la nebulosa. No hay palabras que puedan describir el espectáculo de luz y color de este lugar. Según cuenta la leyenda, murió como vivió, Orión fue picado mortalmente por un escorpión enviado por Artemis, diosa de la caza, porque había tratado de forzarla. Este escorpión resplandece en los cielos de Verano, en la parte opuesta de la bóveda Celeste, rehuyéndose eternamente. Antares, el rojizo corazón del animal debe su nombre al planeta rojo, Marte, el Ares de los Helenos.

Ambos rivalizan en el cielo en brillo y en color. Nuestros antepasados, creyeron que su superficie estaba cubierta de sangre y por eso lo nominaron como a Ares, dios de la guerra, portador de muerte y destrucción. Marte, sera pronto visitado por naves construidas por el Hombre. Es un mundo frío y hostil, pero que puede convertirse en un futuro más o menos cercano en nuestro próximo destino Hoy sabemos, que su color proviene de minerales ricos en óxido de hierro, como la Magemita y que tiene dos lunas, aunque mucho más pequeñas que la nuestra Mi abuelo me contó que fue su hermano quien propuso el nombre que llevan sus dos lunas, Fobos y Deimos, los hijos que el dios tuvo con Afrodita y que acompañan a Ares en la batalla. Sus nombres que significan miedo y terror reflejan lo que deja la guerra detrás de sí cuando atraviesa la tierra.

Persépolis era el ejemplo. Pero Persépolis no es el final, para él, la guerra no es sino un medio para conseguir un fin. Él quiere construir un nuevo mundo, un mundo griego. Caen nuevas ciudades, nuevos reinos… y conoce a Roxana. Ella tenía 12 años cuando se casaron en el 327. Sólo pasó con ella dos semanas, pero su porte, su fasto, su cuerpo, le fascinaron para siempre. La Primavera del mismo año llevó a sus setenta y cinco mil soldados por el Hindu Kush. En Junio del año siguiente estaba a orillas del Hidaspo, afluente del Indo. Creía que estaba a las orillas del mar circundante, en el extremo más oriental de la Tierra. Funda una nueva Alejandría, en honor de su caballo llamada Bucefalia. Ya no le faltaba casi, pero llegaron los monzones y se detuvieron donde acababa el mundo, en las orillas del Ifasis. Les dijo a sus hombres: "ya hemos llegado, sólo tenemos que subir esas montañas"

Pero seguía lloviendo y acamparon. Hasta que una tarde las nubes se abrieron y apareció resplandeciente el carro de Helios. Caía en la dirección de Macedonia hasta que desapareció por el horizonte. Los violentos tonos de colores que había observado Alejandro en la caja de polvos y tintes de Roxana irrumpieron con el crepúsculo por el Oeste mientras la oscuridad se abatía sobre sus tiendas de campaña como humo. Entre los árboles de la colina, colgaba, como la hoz de Cronos, una luna que apenas brillaba. Era una pálida brizna plateada en su primera fase. El sueño de Alejandro estaba a punto de cumplirse. Al amanecer les enseñaría a sus hombres el lugar del sol naciente. Y cuando al día siguiente ascendieron las montañas, se desplegó ante sus ojos toda la cuenca del Ganges. La geografía le había vencido. Sus hombres no quisieron seguir. Como Aquiles ante Troya, Alejandro se metió tres días en su tienda y al salir consultó las vísceras. Éstas le dijeron que debía volver. Se doblegaba a los dioses, que no a los Hombres.

La vuelta fue dura, muy dura, a través del desierto de Gedrosía. Entraron ochenta y cinco mil y salieron veinticinco mil. Casó en Susa a todos sus soldados con mujeres persas, estaba haciendo un mundo único. Llegó a Babilonia pero el veintinueve de Mayo del 323 enfermó. La noche del 10 de junio mandó que le sacaran de su tienda, tenía fiebre y temblaba. De repente abrió sus ojos y susurró una palabra: Roxana. Le preguntaron si quería algo pero no respondió. Su última mirada reflejaba las estrellas, el León de Nemea, Cáncer y la Hydra de los trabajos de Hércules, Calisto y Zeus, el Dragón y la Corona Boreal, el Boyero que cuida la Osa, Hércules lanzando la flecha y sobre el horizonte, la diosa del amor y la belleza, el astro que más brilla en el cielo tras la Luna y el Sol… Roxana. Bajo ese cielo de Babilonia nacía una leyenda: "de él fueron los mosquitos de la peste y la impaciencia; de él la nieve, el Sol, las lluvias y el rayo ebrio de ira; de él el viento y los ríos que arrastran muertos; de él la sombra, la soledad y el silencio; de él los abismos, los olores nauseabundos y los ruidos; de él el hambre, el dolor y el odio; de él el valor, la gloria y la Eternidad". Todo lo demás fue de sus enemigos.

La leyenda le sobrevivió, pero su sueño de ver un Mundo único en que todos fuéramos hermanos sucumbió con él. Roxana y su hijo fueron asesinados poco después de su muerte y sus generales se repartieron los despojos de sus conquistas. Su sueño no se ha podido realizar hasta nuestros días. 2300 años después, la bandera de la Unión Europea tiene en su interior las estrellas que sustituyen a la Estrella de Macedonia. Dice el capitán que mañana llegaremos a nuestro destino, a Roma. Como Lord Byron, podré decir yo también que por fin he llegado a la capital del Mundo.

Pero no, no es el fin, es el principio. Grecia y Roma son el principio de todo. Además mi viaje no acabó allí. Vimos otros puertos y lugares, y continuó con el paso de los años. Y han pasado muchos, tengo ya cincuenta años pero sé que aún no he llegado a Ítaca y que me esperan muchas millas por recorrer, muchas tierras por visitar, muchos mundos por descubrir. Hoy es un día histórico, hemos pisado otro mundo. La huella de Neil Armstrong marcará el comienzo de una Era como lo fue la de los primeros homínidos que hace casi cuatro millones de años dejaron su huella en las gargantas de Oldupai en Tanzania.

Pero será también la huella de un gran salto para la Humanidad, porque sé que no será la última. Nuevas naves espaciales seguirán el camino de Gagarin, de Valentina Terescova, de los elegidos para la gloria. Nuevas naves marineras, pioneras y viajeras nos llevarán a otros mundos. No sé si yo lo veré pero sí sé, estoy segura, que sin la existencia de la Grecia y la Roma Clásica la Historia política, ética y cultural de Europa, del mundo Occidental habría sido mucho más mediocre y quizás hoy no estaríamos en disposición de viajar por la quintaesencia y acercarnos a la mesa en que Artemis, Afrodita, Marte o Júpiter se sacian de ambrosía, el alimento de los dioses.

Prof. Hebert Pistón Rodríguez
Coordinador de Enseñanza y Divulgación por Uruguay de la LIADA
La Paz. Dpto. de Canelones.
URUGUAY

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